Te pronuncias

 Llegará el día. Y vas a pronunciar su nombre sin escocer las llagas de tu boca, vas a pronunciarlo sin que la memoria sea la muerte de la felicidad que una vez acompañó a la cerveza derramada en el último bar del primer encuentro, cuando se conocieron, cuando dijiste su nombre en voz alta y frente suyo, un careo.
  Llegó el día. En el arribo, es la tregua de un fuego que no abre en tu contra, un ejército que no dispara en tus encías. Es la memoria que aísla y no traiciona, como si la lengua no supiera enrollar los recuerdos, extenderlos, expandirlos en el cúmulo de bacterias de las papilas gustativas, a la tragedia de las cuerdas vocales, a las neuronas que dieron una orden que ya-no-cobra-sentido.
Pronuncias su nombre como si se tratara de un ajeno, como si no existiera una multitud cuya acta de nacimiento rezara el mismo conjunto de las mismas dos sílabas. Pronuncias su nombre con cautela: te pronuncias.
Y dices su nombre sin dolor.

 

Flor Zavala

A la Ana Magdalena

Ana MagdalenaResulta que con el tiempo descubriste la ventaja del anonimato que otorga vivir en una ciudad grande en donde en efecto, no eres nadie. ¿Quién iba a fijarse en ti entre veinte millones de habitantes? ¿Quién voltearía la mirada, entre la marabunta del metro Hidalgo a las tres de la tarde, al saco de huesos en el que de a poco te vas convirtiendo? Y sin embargo, ellos lo hicieron. Tu ninguneo ha fallado.

De-te-ni-da. Recién te procesaron y sonríes satisfecha porque aunque sabes que alguien habló de más, no tienes mucho qué perder a tu edad. Sin embargo, vas a echar de menos tu departamentito en la Roma y a tus dos gatos, los despertares con Guns and Roses y los Rolling Stones y jugar cuando se te dé la gana en plena madrugada. Vas a extrañar el olor de las mandarinas afuera de tu casa y comerlas de manera compulsiva entre octubre y febrero. Vas a exigir el tabaco y las mandarinas. Carajo, te detuvieron.

Casi te entregas con la elegancia que no posees y te apresan sin mayor problema a la salida del metro. Te tropiezas, como es costumbre, antes de abordar la patrulla. Tarareas Star way to heaven en el camino a quién sabe cuál penitenciaria.  La sentencia es clara y sencilla: Cinco años por complicidad en fraude cibernético. Cinco años por violar la Ley de Abuso y Fraude Informático. ¿Qué van a decir tus nietos,  Magdalena? Casi escuchas al menor de ellos “Mi abue la rockera es hacker y está presa”. Como si Adrián comprendiera lo que sí eres.

Miras de reojo y descubres a un policía sorprendido. Inaudito, te observa sin entender la sonrisa en tu rostro y tu brazo izquierdo lleno de más tatuajes de lo que le parece apropiado. “Vieja ridícula”, piensa. ¿Por qué no te quejas como el resto? ¿Por qué no intentas decir que eres inocente? ¿Por qué no apelas o no llamas a un abogado? Ingenuo. Si supiera que la adrenalina te mantiene viva, que esto se parece tanto a los videojuegos y ya en tu mente bosquejarás alguna estrategia para salir bien librada cuando tú consideres que es momento.

Las reminiscencias indican que todo comenzó hace 7 años con la muerte de tu esposo. Le lloraste lo que tenías qué y luego, no dejabas de hacerlo. Seis meses más tarde el psiquiatra diagnosticó depresión. ¿Qué esperaba? Habías compartido con él casi 40 años de tu mediocre vida y fuiste una conyugue como quién sabe si Dios manda: abriste las piernas una vez por semana, pariste tres hijos, te olvidaste de ti para criarlos y atender a tu marido y ahora tu existencia ya no giraba en torno suyo. Pasabas las horas tendida en cama, sin sentido alguno, marchitándote.

En navidad tu yerno, el que sí te cae bien, llegó con uno de esos cachivaches nuevos: una computadora y unas clases pagadas para aprender a usarla. Te negaste al principio y te quedó aguado el café por no fijarte mientras hacías coraje pero aceptaste. Fue la misma época en que volviste a escuchar la música de cuando joven y decidiste hacerte un primer tatuaje y luego otro, y uno más… y después no sabías cuándo parar. Nadie se cura de una obsesión, sólo se reemplaza por otra mayor.

Ahora que tu esposo se había ido y tus hijos ya no estaban en casa, decidiste que era tiempo para estar contigo y la computadora dejó de estar arrumbada para transformarse en el objeto que usabas con mayor frecuencia y con el que –debes aceptarlo- establecías charlas igual que con tus gatos. Siempre has sido todo un caso, Magdalena. Tanta soledad te llevó a un semi-delirio.

Terminaste aquel cursillo de computación básica y decidiste seguir por tu cuenta. Devoraste un libro tras otro al respecto mientras mantenías conversaciones con gente conocida a través de internet y gastabas tus noches en videojuegos que ibas encontrado. Tu cuerpo se impregnaba de sudor en largas jornadas frente a un aparato que ya no era en lo absoluto ajeno.

Dos años después, dieron inicio tus intentos por aprender programación. Las cáscaras de mandarina y las colillas de cigarro se regaron por tu cuarto y no había quién le diera de comer a tus dos gatos. No obstante, tú engullías tutoriales avanzados y creabas tus primeras aplicaciones e ibas más allá de lo imaginado. Y entonces, a las 4 de la mañana (esa hora en que no sabes si es demasiado tarde o muy temprano) de un jueves cualquiera y mientras comprabas la actualización de Age of Empires, ocurrió: descubriste la forma de clonar una tarjeta de crédito. Y por supuesto, no paraste. La adrenalina era una droga para tu envejecido cuerpo. Las palpitaciones iban en aumento.

Había que disimular, por supuesto. De vez en vez arreglabas la casa, barrías la banqueta e inclusive saludabas a los vecinos con mirada de aquínopasanada. No había quién sospechara. Tú que nunca te habías empleado más allá de las labores domésticas,  ahora tenías una oferta de trabajo.

Luego de saber cómo encriptar tus pequeños actos delictivos y hallar un sobrenombre para ser ubicada, alguien del sur te pidió que buscaras información a cambio de una no muy despreciable cantidad de dinero. Y lo hiciste y lo hiciste muy bien. Depositaron a una cuenta y listo. Después, ocurrió lo mismo y no tuviste reparo en continuar con ello. No sabías para quién trabajabas, ni ellos cuál era tu identidad verdadera.

Comenzaste a sospechar cuando las sumas incrementaron y los encargos se hicieron extraños pero ya era un poco tarde para negarte: se trataba de un cartel. El cartel del Golfo, supusiste. Si ya estabas dentro, al menos harías formidable tu desempeño y serías una free-lance como hacker.

Habían pasado casi cuatro años desde tu inicio en la computación y te jactabas como nadie y como nunca de lo lista que sí eras y del desperdicio por no haberlo puesto en práctica los años anteriores. Aún te pegabas en el dedo meñique con los muebles, con frecuencia seguías olvidando pagar la luz o el agua pero quién te hubiera visto todo el día con tu entonces ya profesional lap-top y el renombre y la leyenda que construías en el ciber-espacio.

Con el transcurrir del tiempo, decidiste jugártela a lo grande. Hackeabas a los hackers y ni a licenciaturas habías llegado. Las pequeñas transferencias de dinero aumentaron exponencialmente y distribuías información ya no sólo para cárteles mexicanos. No le eras fiel a alguno, no había exclusividad, tú hacías lo tuyo. Vamos: habías dejado el tabaco porque ya no era necesario cuando el sudor recorría tu cuerpo luego de un exitoso fraude o de salir librada después de entrar a un sistema indebido. Nar-co-tra-fi-can-te. O algo así o afiliada porque tú no te ensuciabas las manos.

Habías olvidado los achaques y los tatuajes pero hacías el intento por conservar una vida normal ante cualquiera. No es que te hiciera falta el dinero pero te sentías útil y apreciada por primera vez, te emocionaba la destreza poseída, tu agilidad única y el genio en sistemas que no podían imaginar que fueras. Sesenta y tantos años a cuestas y la vivacidad y la mente intacta.

Pero entonces, te detuvieron. ¿Cómo te habrán de mirar otros cuando estás en la cúspide de tu carrera? ¿Cómo deberías de mirar al policía que te juzga en tu celda?

“Mujer de 65 años es detenida. Caso insólito: fraude cibernético en complicidad con el Cartel del Golfo” tanto para tan poco, piensas para tus adentros. Y tus preocupaciones son otras: dejaste el arroz sobre la estufa con el fuego alto, alto, alto. Una proeza de arroz a la Ana Magdalena: quemado.

Flor Zavala

 

Primavera de 2016

 

 

 

 

 

De mezcales de más y cartas de menos

para karla

Una vez fuimos tan inseparables que sin remedio  nos íbamos a separar. Debí haberlo previsto y sin embargo, jamás lo hice. Me fallé. El acierto yace entre las páginas del Principito: aún ahora guardo la carta que me escribiste a lápiz en el verano de hace 2 años; cuando creí en ti y en la amistad, cuando solías decirme que confiar me ha hecho ingenua pero también genuina.

Comprendo a los hombres que alguna vez dijeron “te amo” y luego se fueron sin sostenerlo (a menudo, el amor de pareja es tan frágil como egoísta, sabe poco de lealtad) pero… ¿Y los amigos? ¿Y tú? ¿Lo he hecho tan mal?

La intensidad no permanece y sí prevalece. Permea en mí la cicatriz de todo “para siempre” que he visto resquebrajarse una y otra vez ante mis pupilas. Y duele. Por supuesto que duele.

Es el último jueves de febrero. Bebo el primer sorbo de café y no me sabe tan amargo como la estela que dejó tu voluntaria ausencia. A 400 kilómetros de distancia –y todavía más si de lejanía hablamos- aún te echo de menos. Por fortuna, recuerdo que el remedio contra el “te extraño” es recordar que la otra persona a ti no.

Y tú a mí nunca.

 

 

Flor Zavala

Febrero de 2016

Control de daños

Digamos que, en sumatoria, los números no estuvieron a favor mío. Pagué de más en la cuenta, incluso estuve dispuesta a liquidar los estragos causados, los daños que no fueron propios y las desilusiones de las que sí fui autora y actriz principal. Al guionista de mi vida se le cayó el libreto al encontrar los números rojos de las deudas adquiridas.

¿Y ahora qué? ¿Me embargarían? Imaginé a un banco emocional llevándose de mí todo lo que guardaba cierto valor, las promesas que se cumplieron, la felicidad que echó raíces en diciembre y febrero (“Eres la gran belleza que siempre busqué”) y se arraigó en forma de buenos recuerdos. La nostalgia al servicio del clima y el acecho nuestro.

¿Y ahora qué? ¿Me embriagaría? El ajustador de cuentas habría de arribar en cualquier momento y con decisión: “Señorita: Entregue usted el recuerdo de la mañana de enero y de la noche de llovizna en noviembre”. Quizá esa es la única manera. Se llevarán de mí todo lo que sí, para justificar entonces lo que nunca y lo que no.

Me guardo en el bolsillo el “nosotros” que sin suceder, ocurrió, que sin querer lo quise y sin piedad lo entierro en plena llovizna de inicios de febrero un año después de la partida.

Digamos que, en sumatoria, los números se jactaron y la declaración fue en mi contra.

Control de daños: Siempre te voy a querer. No te quiero en mi vida, no te quiero cerca mío, no quiero volverte a ver. Pero siempre, siempre te voy a querer.

 

Inicios de febrero de 2016

 

Flor Zavala

Ella llueve llanos en llamas

Incierto.

Es decir, camino por la calle con la convicción en mis pasos de todo aquello en lo que sí creo, de la fe que me sostiene y la fortaleza que me habita pero sin la garantía de un porvenir que seduzca a tal grado que valga dejar atrás este presente.

El futuro me coquetea, es cierto.

Trazo en él un bosquejo y me devuelve el boceto de la mujer que no he sido y de aquella otra que podría ser. Se reflejan infinitas.

Podría. El copretérito aparece y abre brecha ante la hecatombe que se aproxima: Un pasado que dista de convertirse en perfecto.

Incierta pero viajo con la certeza de un camino desandado, la percepción del milagro en las pupilas, el canto inquieto y desafinado del arrullo que me arropó cuando niña, de mis piernas gruesas y mis pechos firmes.

Mujer desnuda llueve llanos en llamas con la picardía en la violenta sonrisa de una llaga que no llama al llanto.

Incierto.

Es el jazz de la lluvia que dejó febrero.

 

Flor Zavala

Tu nombre en mi boca

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Llevas el nombre del primer rey de Israel.

Dos sílabas:
sibilante
agudo
y adiptongo.

Adecuado para esta mujer tan grave.

 

Eres el mayor de tus hermanos

pero te he visto siendo un niño

al llorar entre mis brazos,

cuando el amanecer nos hiere

en su acto de presencia,

y te miro dormir con la certeza

de que eres la promesa de Dios

para recordarme

que él nunca se olvidó de mí.

 

Llegaste a la Tormenta

Y encontré la calma.

Cuando tiré la toalla y me cansé
cuando permití dejarme caer: apareciste.

Esa es tu magia.
La magia de dos que se encuentran

gracias a las letras.

El milagro de que yo escriba,

Tú me leas
y
vi

ce

ver

sa

El noviembre del puente que se convirtió en Puerto.

La precisión de quien arropa mis días

aun de madrugada y en plena crisis de ansiedad.

La acidez de mi mal genio

y lo volátil de un temperamento.
El repiqueteo del teléfono,

Las vías del tren cerca de tu casa

recordándonos que lo nuestro es todo
excepto pasajero.

La distancia entre el D.F. y Xalapa,

el reloj que indica siempre las cuatro de la mañana

mientras sostengo

que el amor,

para que sea,

no hace falta que duela.

 

Still I call it magic

When I’m nex to you

 

Dos sílabas:

sibilante,

agudo

y adiptongo.

Pronuncio tu nombre en mi boca.

 

Tú no mereces que te escriba una historia

mereces que la viva contigo, Saúl.

Declaración de autoestima

declaración de autoestima

 

Qué bien me sienta la soledad.

Firmé la tregua ante la ausencia ajena

y mi presencia.
Bandera blanca ante la batalla
que jamás debió dar inicio.
Me deleito con lo que soy

sin por ello caer en lo excesivo.
Me gusto libre, eligiéndome,

apostado por mí.

Me gusto diciéndole sí al futuro,

sin tener con quién

y sin meterme el pie.

 

Qué bien me sienta la soledad

cuando me miro al espejo

y sé que todo el esfuerzo se refleja:

Tras las ojeras:

horas de menos, sueños de más.

El vientre abultado

porque he ganado algunos kilos

y perdí un par de complejos.

 

Qué bonita me sienta la soledad
cuando ceso de huir del miedo

y las crisis de ansiedad.

Cuando el exceso de ruido interno

–sin importar lo dicho afuera-

no logra guardar silencio.

Es el viaje iniciático de mi boca a mi sexo.
Mis pechos pequeños.

Mis dedos jugando con las aureolas

se los pezones erectos.

He dibujado ventanas con vista al qué diré,

Borré el callejón sin salida del qué dirán

entre los vestigios de trazos

que no fueron.
Mi ser infiel pero jamás desleal,

vulnerable mas no vencida.

Y en mi declaración de autoestima diré

que no sé si en la mujer de tus sueños

pero

por lo pronto

 

me estoy convirtiendo en la mujer de los míos.
Flor Zavala

Enero 2016